Duelo
“Los deseos que yo tenia antes de su muerte ahora ya no pueden cumplirse pues ello significaría que es su muerte la que me permite cumplirlos. Pero su muerte me ha cambiado, ya no deseo lo que deseaba. Hay que esperar que un nuevo deseo se forme, un deseo de después de su muerte” - (tbh, visto en alguna red social en algún momento muy preciso. Pero, originalmente escrito en “Diario de duelo, de Roland Barthes)
¿Qué somos lo que somos cuando nos quedamos?
Terminó el 24, un año de pérdidas y me quedo en esa idea.
Que hago conmigo y con mi cuerpo, al que lo reconozco marcado por la ausencia.
La muerte.
Soy mucho más consciente de la muerte hoy que ayer.
Entendí el cementerio este año que “Los deseos que yo tenia antes de su muerte ahora ya no pueden cumplirse pues ello significaría que es su muerte la que me permite cumplirlos. Pero su muerte me ha cambiado, ya no deseo lo que deseaba. Hay que esperar que un nuevo deseo se forme, un deseo de después de su muerte” - (tbh, visto en alguna red social en algún momento muy preciso. Pero, originalmente escrito en “Diario de duelo, de Roland Barthes)se fue, al ir a una conmemoración de aniversario. Participar desde afuera me permitió entender esa nostalgia presente en un lugar físico, los ojos tristes que se miran y se encuentran, conversar en voz alta con el silencio, recapitular la vida, hacer promesas, decir te quiero. Hasta entonces, había quitado el cuerpo de la posibilidad. Pero fui. Y sentí lo que ya intuía, que quienes se van se quedan aquí, en un lugar específico en el estante de la memoria, se sintetizan y se convierten en esa imagen con la que construímos nuestro presente, a la que le hacemos preguntas para contestarnos frente a la vida y en quienes buscamos emociones o creencias transversales que, a veces, habitan más en nuestro deseo que en nuestro recuerdo. Como mi abuelo paterno, en el que busco respuestas y validación, cada tantito.
Pero, aparentemente, no bastó con entenderlo. Este año que se fue, el duelo me hizo presencia otra vez, con una partida que se anunciaba. Mi abuela paterna partió a descansar, tras una despedida larga, de varios meses, que me permitió volver a conectar con los muchos tíos y primos de esa rama familiar. Dos regalos me dejó Abuela antes de partir: la reconstrucción de su memoria, de mujer migrante, terca, valiente y buena. Práctica para encontrar formas de conseguir recursos y permanecer en la fortaleza por y para su familia, que nació de ella. Una adolescente huérfana que sale a la ciudad, porque no quiere tener que casarse con quien le indiquen. Una mujer que aprendió a leer teniendo diez hijos, a pura fuerza de voluntad. Así me fui creando la imagen más cercana, que va más allá de la pequeña anciana adormilada. El segundo regalo, fue el grupo de whatsapp de los muchos nietos, los recuerdos de los viajes familiares y el deseo de encontrarse, aún estando ya desparragados por el mundo.
Si bien las despedidas están siempre ahí ocultas, sentirlas tan desde adentro me obligó sin querer a verme a mí misma, también, en clave de pérdida. No paro de pensar desde entonces en mis propias despedidas, mis propias estadísticas y las posibilidades del futuro.
Tras un duelo, el tiempo.
¿Qué queda con quienes se quedan? Honestamente, no sé bien. Soy mucho más consciente de que todo va a pasar (una forma bonita de decir “se va a acabar”). Aquí me tienen, lidiando todos los días con la inpermanencia de la vida. Y con el desamor. Y con el desapego. Y aún a pesar de ello, con la permanencia terca, afianzada e insistente de mi propia vida, de todas formas.
Pasó septiembre, pasó octubre. Al duelo central se le sumaron otros más pequeños, más pesados. La vejez de mi abuelo materno. La incertidumbre del amor. El poco tiempo que le quedaban a mis días en casa. El deseo de partir. Es extraño. Esta serie de pérdidas en el último trimestre me tiene sintiendo más de lo usual. Y dios sabe que para sentir no tengo remedio ni reparo.
Lizardo Valdez Valderrama está sentado en el tronco del algarrobo viejo, en el sol de invierno, patio de atrás. En verdad, no aparenta los noventa y muchos que ya tiene. Sé que mi abuelo me ama. Sé que mi abuelo me ve. Sé sus ojos, cuando se ríe como antiguo galán de novela, con una chispita en la esquina, de valentía y burla luminosa. Su cerebro está tan vigente como hace diez años, pero sus piernas no. Y le frustra. Claro que le frustra. Pienso en él, viviendo en un mundo donde solo unas 20 personas conocen su versión de adulto joven,. En un mundo donde unas 10 personas conocen su versión de adolescente. Cada vez menos. Cada vez menos recuerdos. Me imagino en esa situación, yo centeniall en tiempos de ig stories, y me da frío pensarlo. La cara fría del olvido. El hombre que él ve al espejo no es el hombre que él sabe que es. Se sienta. Sus rodillas están cansadas. No lo entiende. Se harta de no entender. Pero me sigue la conversación, por no dejarme sola. Se ríe. Veo el algarrobo de su casa. Y sé que esa casa se irá con ellos, probablemente, ya que está muy anciana también. Y me muero de nostalgia de ese futuro sin sus muebles para dormir y sin el árbol que cuidó toda su vida desde que vino a esta ciudad extraña, tras perder todo el ganado en la inflación. ¿Quien soy yo, enana de vida, frente a mis abuelos migrantes jóvenes? ¿Qué soy yo, brizna de polvo, sin una casa y sin un árbol al que cuidar con mis manos? Lo único que sé, con absoluta certeza, que me quedará de este hogar en unos veinte años, es un tronco con el que hacerme, ojalá, una sortija, y ojalá también, heredar la terquedad, la alegría y la fortaleza.
Dos reflexiones tiene don Valdez Valderrama, muy propias las dos: 1. “Hija, tú no vas a llegar a mi edad”. 2. “Todos ustedes salieron de mí y de su abuela. Nosotros hemos hecho toda esta familia”. Las dos cosas las dice en el mismo tono. Nostálgico. Divertido. Pensativo. Frustrado.
Y yo no termino de inventar cómo explicarle el regalo que es para mí que esté vivo.
Y, más aún no entiendo cómo explicarle que me quiero ir de casa. De ciudad. Que mi corazón está desarraigado, que mi deseo, al igual que el suyo, está en el camino y en la labor. Porque lo heredé de él. Que él se fue también siendo diez años menor que yo. Que es mi turno ahora, que me tendré que despedir.
¿Cómo vivirá mi madre cuando mi abuelo ya no esté? ¿Cómo vive uno sin el amor en el que ancló su fe?
Yo no podría con la idea de que él muera sin mí cerca. Es una idea devastadora en sí misma. Pero no importan los grandes hechos. Técnicamente se está muriendo y yo también, desde que nací. Y mi abuela, el alma de la fiesta, eterna cuidadora, también. Mi madre, hija única de sus padres, me tiembla la mano al decirlo, pero también.
Entonces.
¿Cómo afirmar el amor? ¿Cómo afirmar el amor frente al duelo?
Nada en mis manos para sostener la certeza
Incluso lo más estructural, incluso la promesa de la voluntad, se puede perder. ¿Soy capaz de comprender el renacimiento y la muerte de una afirmación que estaba ahí? ¿Qué es la muerte si no la despedida? ¿Qué es la voluntad, si no el deseo? ¿Dónde es la muerte más grande que la voluntad? ¿La promesa rota de dos personas jóvenes y sanas es una muerte también? ¿Qué es lo no negociable entonces? ¿Dónde está la firmeza? ¿Hay algo realmente permanente en esta vida tan pequeña?
El pensamiento en la presencia de la otra persona. El sonido de la palabra (presencia, presente, preciado, tangibilidad, el regalo del tiempo la verdad de la mirada). El desamor. El amor. El tiempo en común. Más allá de los elementos de la vida, el tiempo en común, día a la vez. ¿Cómo no ansiar la vida al ser tan consciente de la pérdida?
Para mí esos son los vínculos importantes. El ecosistema de quienes quiero. Las declaraciones de amor y permanencia en voz alta. La promesa de amistad, la afirmación de la lealtad ante la vida. Compartir la comida, hacer la llamada telefónica, la certeza de la presencia, que habrá que aprender a sostener en la distancia, con quienes me esforcé tanto en conservar después de pandemia. Los inevitables quince años de mi perro, que tarde o temprano se irá también. ¿Cómo no querer darle ahora todos los cielos y los ríos?
Pero la vida se mueve, y estoy viva.
A veces quiero explicarle a mi mejor amiga cómo era yo hace 5 años. No encuentro las palabras. Puedo ser objetiva y decirle, oye, antes de pandemia sucedió, hice, pasó, pero no puedo expresarle la vitalidad, el miedo, la diversión de la forma en cómo querría que lo entienda. No puedo explicarle como, finalmente, cinco años despues, ese luto mío del pasado cercano y de mi propia juventud al fin terminó, removió la tierra y ahora nace en deseo de partida.
Siento en el cuerpo que se me termina el ticket de tiempo aquí en mi hogar amado y tranquilo. Que se me han terminado al fin los duelos pequeños, que empezaron en el 2019 y se consolidaron en pandemia. Que me toca irme, porque me llama el estómago desde siempre a conocer un poquito más, un poquito más lejos. Al final, soy hija de mis abuelos.
Es gracioso: no soy una persona que cree en irse como una solución. He visto como el duelo articula, crea historias para hacer sentido, sostiene y suelta a la vez. Y, además, ¿cómo sostener el amor desde la ausencia? (Pienso en mi madre, en sus padres, en el tiempo que se acorta, en que debo irme rápido y volver aún más rápido. En que lamentablemente, no puedo hacerlo todo, como ya se encargó mil veces la vida de demostrarme)
Desayunamos. Mi familia está aquí. La vida es bonita. Lo disfruto. A la vez, siento la impermanencia colgada de mis bolsillos. Soy mucho más consciente de mi propia impermanencia. Los miro y vivo en la nostalgia de que este amor será eterno pero no su cercanía. Nostalgio en el presente una nostalgia que no he vivido, que se encuentra en algún lugar del futuro próximo. Voy al baño, lloro un poquito. Regreso. Todo el tiempo siento que todo va a terminar.
El miedo a que se termine convive con el deseo de transformación. Estoy en el futuro a veces, aún cuando estoy lavando los platos en cocina. En ese futuro que aún no existe, ya extraño el presente. Pienso en el filtro de agua que se quedará en casa cuando yo no esté y me veo llenando un frasco de tres litros para pasar el día, mientras nostalgio el pasado y rezo al agua por mis hermanas y por mi madre, para que estén bien y tranquilas, desde en algún lugar, por allá en el futuro.
Para ser honesta, no le tengo miedo a la pérdida, la anticipo y me apena, pero confío en la vida como si fuera lo único que tengo (esa confianza es lo único que tengo). Pero sé que la pérdida es recíproca. Esa reciprocidad del dolor es extraña. Pensar que les causaré nostalgia me es cuestionable. Si yo también puedo y preveo irme. ¿Piensan ellas en mí como yo en ellas? ¿Me miran pensando que el amor es eterno pero no la presencia?
Ese es también el duelo de una misma. Nacer morir nacer morir. Aceptar que ya se cuenta solo con horas. Que es bella la fantasía de poder afianzar. Que se puede elegir qué afianzar. Y así, hasta el fin de los días, allá en el futuro donde mire con alegría el presente pasado.
¿Por qué planeo irme si amo lo que amo?
El tiempo no lineal.
Hablo con R. sobre Arrival, mi película favorita. Hablo sobre esta sensación del pasado presente, del futuro pasado, del presentefuturo. Al final, todo lo que deseo ya lo he vivido, solo falta tangibilizarlo. Y todo lo que temo, ya lo he vivido también. Al final mi deseo de viaje es mi abuelo materno a sus 19 años saliendo a ser comerciante viajero y hacerse una forma de vida en su oficio. Al final, mi deseo de exploración, es mi abuelo paterno a sus 25, ya con varios hijos, deseando ver el mundo desde su puesto de mesero, aprendiendo idiomas a través de los turistas del Gran Hotel; al final, mi interés de emigrar para permitirme explorar otras opciones es mi abuela paterna, buena para hacer negocios y para poner límites a las 14 personas que viven en su casa. Y mi deseo de cuidar, claramente es mi abuela materna, que tiene 22 años y dos hijos pequeños, que extraña a sus hermanas y solo quiere esperar a su marido al bajar de la montaña para sentir protegida y segura a su casita cuando cae la noche.
Todas las historias ya han sido contadas todas las emociones ya han sido vividas todos los miedos han sido superados. No por mí, aunque quisiera, aunque no hay nada nuevo bajo el sol.
Pero aquí estoy, al borde del vacío, cuestionándome las creencias que sostenían mi lado más vehemente y alimentando el fuego que suaviza la carne y que asegura compañía en la oscuridad.
Y aún así, voy.