Asunto de miradas
V. y yo hablamos muy seguido sobre las miradas.
Ser miradx, mirar. Transmutar la mirada. Sostenerla. Transmitirla. Desearla. Evadirla.
¿Cómo se construye la mirada en un mundo que está hecho de imágenes? ¿Cómo se educa la mirada en el punto medio del vacío y de la sobre estimulación?
En mi breve paso (y ojalá que no sea sólo un breve paso) por el taller de payaso, se nos dió la pauta: observa y déjate observar. Qué ejercicio fuerte.
Yo soy una observadora nata. Curioseo. Imagino. Pregunto. Construyo carisma en tiempo real cuando lo siento necesario. Saco energía del agotamiento. Sostengo la pregunta en la provocación. Escucho con los ojos, recuerdo, conecto. Nunca hago nada más con eso. Sólo curioseo. Soy la cría de tres años que ha aprendido a leer y repite en voz alta y palabras suaves todos los nombres de todos los carteles de la vía pública.
Pero de ahí, ¿a dejarme ver? y de ahí, ¿a hacerme ver?
Qué ahogo. Qué nervios. Qué sensación tan rara de no tener nada que mostrar.
Qué extraño ir más allá de la sensación cálida y segura de la cercanía para dejarse ver (Diría Leonardo Fabio “tu mirada y la mía”). Qué extraño no tener un tema específico que me de sentido de dirección, que me permita presentarme, como intermediario de lo más importante, el asunto que convoca la reunión. Qué imposible se vuelve el no poder obviar mi cuerpo, mi inexperiencia aprendida, ese miedo. Qué sensación tan rara de abrirme a ser vista, cuando soy mi principal juez. Qué fuerte esto, desear tanto vivir (¿escribir?) los textos que disfruto tanto leer, cuando por costumbre y por práctica soy más editora que autora.
(Ah, pero para cortar palabras no tengo ninguna piedad).
En fin, interesante eso de sostener la mirada.
A todo esto:
¿Cómo surge una escritora?
¿Cómo se construye una voz?
¿De dónde sale el deseo de decir A y esperar que esa A tome forma en el silencio? ¿Cómo imagino las patitas sonoras de la letra A salir de mi boca, estirarse, extenderse, tocar a alguien, a algo, o al menos al aire más cercano y justificar su existencia?
Algo de magia encuentro siempre, siempre, siempre, en las personas que escriben. Algo de magia tienen siempre, siempre, siempre, las personas que escriben.
Entiéndase escribir en un rango amplio. Entiéndase como personas que cantan, personas que crean, personas que construyen, personas que bailan. Personas que encuentran en su oficio esta cosa rara de sostener la acción y en la acción la mirada. De buscarla.
Con el tiempo (y la exposición a entornos donde no necesitaba mostrar, sólo funcionar), me lo tomé de una forma deportiva, casi sin notarlo. Empecé a moverme y, por lo tanto, empecé a observarme también.
Y el ejercicio va más o menos así. (sí, todo esto es un diálogo mental, que fue surgiendo sólo, de puro caminar en compañía de mi cabeza. Con el tiempo me di cuenta que había ido tomando forma para hacer contrapeso al miedo de tener que presentarme frente a lo novedoso, porque en lo novedoso habita mi deseo):
La susodicha.
La susodicha está bajando del bus. Ha revisado que no se olvida nada. Sí, la susodicha es olvidadiza, pero ha logrado identificar donde colocar cada objeto para no perder la cabeza. La amiga pide un taxi. Se sube al taxi. Tiene la voz gruesa después de haber hecho las 14h que desea hacer todos los meses para conectar con el trabajo y con las personas. La susodicha bromea con el taxista. Le pide consejo para llegar a lugares específicos. Es un hombre moreno y mayor, unos buenos sesenta años. En algún momento se arma el puente y le cuenta algo muy específico de una vida muy específica que tuvo, en un período muy específico de tiempo. La susodicha entiende la emoción que le entregan y responde el juego, con algo muy específico, de su propia vida, muy específica también.
El hombre la mira. Le responde.
Han dejado de ser muchacha provinciana y taxista agotado en la ciudad inclemente. Se han convertido en personajes principales, cada uno de la historia de cada otro. En cierto punto, se terminan los cuarenta minutos del viaje. Ella agradece. Baja del auto.
La susodicha siente un componente específico de su historia específica encajar, dentro de esa maraña de miradas que tiene adentro. Intenta recordarlo y luego escribir al respecto. (Nunca escribió al respecto) (Dentro de su corazón, la susodicha cree que la única forma de asegurarse de que lo que está viviendo en efecto fue vivido, es registrándolo)
(Con el tiempo, su capacidad de observar fue alineándose con su capacidad de vivir).
Acabo de notar que he repetido tres veces la palabra tiempo desde que empecé este texto. Y la respuesta a ello es muy simple: ¡Qué factor importante es el tiempo en mi vida!
Extrañamente, sólo después de los 27, ha dejado de convertirse en un factor de ansiedad, para ser un elemento más del panorama. Creo que se dio, a punta de anhelar, a punta de ritualizarlo. Deseé tanto tener mi edad, que ahora que se está terminando, sólo siento que debo hacerle alguna especie de honor, de saludo de armas, de vía de despedida para que se vaya por la puerta grande y me invite a continuar tranquila.
Sucede otra cosa, ahora que lo pienso. Con el tiempo, les amores se vuelven más dispersos geográficamente y es más difícil mantener la sincronía. Cada vez que converso con R, por ejemplo, nos vemos tan poquito, que tengo que construir una historia de mi actualidad para brindarle un estatus. La miro. Le hago preguntas. Escucho su estatus. Ahí hay una narrativa de ambas partes, que se van armando y generan hitos específicos en la línea histórica.
Y una tercera, y más formal: el empleo, el desempleo, la expectativa, la ausencia de ella, el encontrar(se) dirección, valor, entender el miedo. El trabajo implica también construir una secuencia. Y, qué dicha que esa secuencia sea honesta y clara. Qué dicha mirar hacia atrás y conectar los puntos. Y qué miedo, también, todas las otras voces que lo hacen antes, lo hacen mejor, lo hacen con menos recursos. Y qué alivio, finalmente, entender que una sólo puede vivir en un pedazo específico de ese patio de juego y que una puede elegir intentar entregar desde la calma, para ser recibida también así, con tranquilidad. Y aprender.
Quizá el tiempo me regaló eso. Construir más lentes para observar el entorno, desde el aprender de otres. Y darle más calma al presente.
Observar a la susodicha con nuevos tonos de voz, nuevas formas de moverse, nuevos dolores en el cuerpo, nuevas expectativas y nuevos miedos. Los suficientes como para pensarlo un poquito menos todo el tiempo y cuidar el espacio de reflexión un poquito más.
Paseamos por el lugar.
M acaba de llegar. No la conozco ni una hora corrida. Ella va mirando todo, con este acento fuerte que se carga, y que la hace, al mismo tiempo, verse tan determinada, tan específica.
Ella acaba de llegar y me hace preguntas respecto al lugar que recorremos: ¿Y por qué eso está a medias? ¿Y por qué esto otro no ha sido concluido? ¿Y para quién o para qué eso fue hecho?
Yo estoy de paso allí. Genuinamente no sé qué contestarle. Me veo intentar crear las palabras para justificar un poquito mi falta de respuestas. Tomo mi sombrero de ser polite y le doy una respuesta polite. Me mira hacerlo y me corta la respuesta armada con una sola frase en su español tan marcado, que cierra su colección de reflexiones en voz alta: ¡Bueno! ¡Pero lo más importante de una acción es saber a quién va dirigida y también saber cómo despedirla!.
M da el tema por cerrado y se acabó el san benito. La susodicha aparece, la mira y sabe que, aunque no tiene respuesta para eso en específico, no hay nada en específico que se le esté siendo exigido como respuesta. M, su interlocutora, ha hecho una oración, una frase, casi que una declaración de principios. Y ya. Está. No hay más.
Es una oración, es algo de lo que se puede aprender. Hay algo muy específico que encaja y tiene sentido. Respira. La otra le devuelve la mirada. Se ríe. Esa mirada es muy equivalente. Son dos desconocidas, hablando de un asunto conocido, en la más mínima expectativa de por medio.
En fin. Prometo que estas no son divagaciones. Es la costumbre de los últimos años, de preguntarme este tipo de cosas. De armar una caja de herramientas para habitar el presente, para ver y para dejarme ver. De cuestionarme recurrentemente:
bueno, ¿tienes la capacidad de vivir sin correr? ¿De leer sin que tu atención esté rota? ¿De armar un texto coherente?
En resumen, ¿tienes la capacidad de pensar? ¿Tienes la voluntad de decir? ¿Por qué habría que decir algo más cuando todo ya está dicho? ¿Dónde está la esencia de tu humanidad? ¿Qué estás haciendo con los años que se te regaló?
Y en verdad, la respuesta es la más obvia y no por eso menos real.
Hay que disfrutar el movimiento. Hay que bocetear el oficio.
Hay que intentar, al menos, acercarse a eso que da curiosidad. Aún cuando la falta de “algo que demostrar” haga que todo se vuelva un poco menos tangible.
Hay que escapar de “tu ambición, delirio de grandeza, hizo en mí un ser martirizado”.
O, bueno, (¿por qué lo hago impersonal?)
No “hay” que.
Es un yo.
Yo. Quiero. Deseo. Anhelo. (*)
Disfruto el oficio de vivir.
Apropiarme del derecho de estar, de pensar, de conectar, de que la piel se me haga chinita frente a la vida y encontrar las formas que tenga a la mano para nombrarlas.
Y nada más.
No hay nada más que pensar al respecto.
Ahí queda, también, el movimiento.
Gracias por estar del otro lado.
(*) Le dedico este deseo a esas mujeres escritoras contemporaneas que lo hicieron mil veces antes que yo, pero (gracias a internet), se sienten tan cercanas. Específicamente a la
que recomendó el libro que menciona el texto que encabeza este texto